¿Qué le pasa a tu cerebro cuando miras las estrellas creadas por el Señor? No es una pregunta poética. Es una pregunta que hoy se hace en laboratorios, con resonancias magnéticas y experimentos cuidadosamente diseñados.

Porque algo ocurre. Lo sabes si alguna vez te has quedado en silencio bajo un cielo nocturno, sintiendo que tus problemas, por un momento, pesaban menos. Que el mundo era enorme, y tú, pequeño. Y que, curiosamente, eso no dolía.

Los científicos lo llaman en inglés “awe”, que significa asombro, admiración reverencial o fascinación . La ciencia ha descubierto que no es solo una emoción pasajera: parece alterar la actividad de una red del cerebro, e incluso la manera en que tratamos a los demás. Pero hace tres mil años, mucho antes de las resonancias, el rey David describió esa misma experiencia con una precisión inquietante. No tenía instrumentos. Solo una noche, un cielo y una pregunta sobre sí mismo.

Dos miradas al mismo cielo: una desde el laboratorio, otra desde un salmo. Parecen caminos distintos. Quizá no lo sean tanto. Analicemos qué dice la ciencia sobre lo que ocurre dentro de ti cuando contemplas el universo, qué es lo que todavía no sabe… y por qué un antiguo poeta parece haberlo entendido primero.

¿Qué es el asombro?

Imagina que estás de pie, de noche, lejos de las luces de la ciudad. Tus ojos tardan unos minutos en acostumbrarse a la oscuridad. Y entonces, poco a poco, el cielo se llena. Primero diez estrellas, luego cien, luego una franja pálida que cruza todo el firmamento: la Vía Láctea, hogar de cientos de miles de millones de estrellas. Y sucede algo curioso. Te quedas callado admirando el cosmos con una sensación de paz. O, de repente, abres un libro de astronomía, y ves maravillado las fotografías en él, y te preguntas ¿cómo fue posible tanta belleza?.

Hace unos tres mil años, el rey David vivió una experiencia similar e intentó ponerla en palabras. Está escrito en Salmos 19:1:

Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos.

Fíjate en el verbo: cuentan, como quien narra una historia a alguien dispuesto a escuchar. Y para escuchar hace falta justamente lo que el asombro produce: un yo que se calla. Veamos ahora Salmos 19:2-4:

Un día emite palabra a otro día, Y una noche a otra noche declara sabiduría. No hay lenguaje, ni palabras, Ni es oída su voz. Por toda la tierra salió su voz, Y hasta el extremo del mundo sus palabras. En ellos puso tabernáculo para el sol;

Se han realizado estudios neurológicos sobre el impacto de la observación del universo.
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Fíjate en la paradoja: un mensaje que se recibe sin voz, un lenguaje sin palabras. El salmista describe algo que no cabe en nuestras categorías. Treinta siglos después, dos psicólogos, Dacher Keltner y Jonathan Haidt, se hicieron una pregunta parecida, pero desde el laboratorio: ¿qué es exactamente eso que sentimos cuando algo nos deja sin aliento? En 2003 propusieron una respuesta sencilla. El asombro, dijeron, tiene dos ingredientes.

El primero es la inmensidad. Algo que percibimos como mucho más grande que nosotros: no solo en tamaño, también en poder, en belleza, en complejidad. Un cielo estrellado. Una cordillera. Una idea que nos supera.

El segundo es más sutil: la necesidad de acomodación. Nuestra mente trabaja con moldes, con esquemas para entender lo que ve. Pero cuando aparece algo que no encaja en ninguno, la mente se detiene… y tiene que ensancharse. Ese instante de suspensión, ese «no tengo categoría para esto», es lo que reconocemos como asombro.

Piénsalo. El universo es casi perfecto para provocarlo. La galaxia de Andrómeda se alcanza a ver a simple vista en una noche oscura, y la luz que hoy llega a tus ojos se encuentra a dos millones y medio de años luz de distancia. Estás mirando el pasado. Y no hay molde cotidiano que lo contenga.

La observación del universo ocasiones reacciones en nuestro circuito neuronal.
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Ahora bien, seamos honestos con lo que esto significa. La ciencia no nos dice que el cielo hable. Nos dice que nuestra mente responde de una manera muy particular ante lo inmenso. El salmista, en cambio, escucha en esa respuesta algo más: un testimonio.

Dos lecturas de una misma experiencia. Y ambas empiezan igual: con alguien, de noche, mirando hacia arriba… en silencio la majestuosa obra del Creador.

El “yo pequeño” en el cerebro

Hay un lugar en tu cerebro que casi nunca descansa. No importa si estás en el trabajo, en el autobús o a punto de dormirte: allí, en silencio, una red de regiones se mantiene encendida, hablando contigo sobre ti. Qué dijo fulano. Qué voy a hacer mañana. Cómo me veo. Si lo hice bien.

Los neurocientíficos la llaman la red neuronal por defecto. Es, por decirlo de algún modo, la voz interior que narra nuestra propia historia. Y se activa sobre todo cuando no estamos atentos a nada en particular: la mente, librada a sí misma, vuelve a casa… y la casa somos nosotros.

Eso es lo que un grupo de investigadores liderado por Michiel van Elk quiso averiguar. Mostraron a los participantes videos capaces de provocar asombro, mientras observaban su cerebro con resonancia magnética. Y encontraron algo llamativo: durante esos momentos, la actividad de la red por defecto disminuía. Como si, ante lo inmenso, la voz que habla de nosotros bajara el volumen.

Estudios psicológicos también abordan el «awe» antes la observación de la Creación.
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Los psicólogos llevan tiempo describiendo esta sensación con una expresión curiosa: el «yo pequeño». No es sentirse mal. Es sentir que mis preocupaciones, por un instante, ocupan menos espacio en mi conciencia.

Ahora, la advertencia que la ciencia responsable siempre hace. Este es un hallazgo preliminar. La muestra fue pequeña, y resultados así necesitan repetirse, con más gente y en otros contextos, antes de darlos por firmes. Además, ver qué región se apaga no nos dice, por sí solo, qué significa esa experiencia. Es una pista, no un veredicto.

Pero es una pista que resuena. Porque hace tres mil años, el salmista miró el mismo cielo y, en lugar de escanear una resonancia, escribió en Salmos 8:3-4

Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos, La luna y las estrellas que tú formaste, Digo: ¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria, Y el hijo del hombre, para que lo visites?

Mira el orden de la escena. Primero, la contemplación: cuando veo tus cielos. Después, la reducción del yo: ¿qué es el hombre? El salmista no teoriza sobre el asombro. Lo narra, tal como ocurre.

A través de resonancia magnética se ha evidencia patrones en respuesta ante la contemplación de la Creación.
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Y, sin embargo, fíjate en algo. Su pregunta no termina en desprecio de sí mismo. Habla de memoria y de visita: es la pregunta de quien se descubre pequeño… y aun así recordado.

Del cerebro al comportamiento

Hasta aquí hemos hablado de lo que ocurre dentro de una persona: una mente que se ensancha, una voz interior que baja el volumen. Pero hay una pregunta que importa más. ¿Cambia algo en lo que hacemos después?

Un equipo liderado por el psicólogo Paul Piff se lo preguntó con un experimento casi ingenuo. Pidieron a un grupo de personas que mirara durante un minuto unos eucaliptos altísimos, de más de cincuenta metros. A otro grupo, un edificio de ciencias. Después, un “accidente” fingido: alguien dejaba caer un puñado de bolígrafos. ¿Quién se agachó a ayudar?

Los que habían mirado los árboles ayudaron más. Un solo minuto de contemplación, y una pequeña diferencia en la generosidad. En otros experimentos del mismo estudio, el asombro se asoció con mayor disposición a compartir y con juicios más éticos. Los investigadores lo explican con la idea que ya conocemos: cuando el yo se achica, el otro se vuelve más visible.

Hay un hallazgo más, casi poético. Melanie Rudd y sus colegas observaron que el asombro hace que las personas sientan que disponen de más tiempo. Y quienes lo experimentaban estaban más dispuestos a dedicar parte de ese tiempo a los demás. Lo inmenso, paradójicamente, nos vuelve menos apurados.

Seamos honestos, una vez más. Estos son estudios de laboratorio, con efectos moderados y pendientes de más réplicas. No prometen que mirar un árbol te convierta en un santo. Pero la dirección que señalan es consistente: el asombro nos orienta hacia afuera.

La contemplación de la Creación produce, entre otras respuestas, un deseo de ayudar al prójimo.
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Ahora retomemos aquella idea que guardamos a partir del Salmo 8. El salmista, tras preguntar «¿qué es el hombre?», no se queda en la pequeñez. Continúa: «Le has hecho poco menor que los ángeles, y lo coronaste de gloria y de honra. Le hiciste señorear sobre las obras de tus manos.»

Mira el giro. La misma persona que se sintió diminuta bajo las estrellas es ahora alguien a quien se le confía algo: las obras de tus manos. La pequeñez no termina en insignificancia, sino en responsabilidad.

Y quizá ahí esté lo más fascinante. La ciencia observa que el asombro nos acerca a los demás. El salmista añade por qué que ella no puede medir: quien se sabe pequeño pero recordado, quien se sabe visitado, tiene algo que dar.

Comentario final

Los astrónomos tienen una posición envidiable, al estudiar el cosmos estudian la Creación de Dios. Ellos, de pie, en silencio, con un telescopio, bajo un cielo estrellado, cuya descripción no cabe en ninguna palabra.

Ahora sabes algo más sobre ese momento. Sabes que la mente se detiene ante lo inmenso, como describieron Keltner y Haidt. Que, según las primeras pistas, la voz interior que habla de ti baja el volumen, y te hace meditar en el Autor de la maravilla de la creación.

La ciencia puede decirnos eso, y es mucho. Describe cómo responde nuestra mente. Lo que no puede decirnos es si ese cielo, además de provocarnos una reacción, nos está diciendo algo. No tienes que elegir entre el laboratorio y el salmo. Puedes estudiar el mecanismo y seguir maravillándote ante lo que lo despierta. Quizá un cerebro capaz de asombrarse ante las estrellas es, en sí mismo, parte de lo que hay que contemplar.

Así que esta noche, si puedes, sal. Apaga la pantalla. Levanta la mirada. Y deja que el cielo hable… mientras tú, por un momento, no dices nada. Contempla la Creación de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. Y muy posiblemente, tu corazón será llamado a alabar al Creador.

Fuentes Bibliográficas

  • Keltner, D., & Haidt, J. (2003). Approaching awe, a moral, spiritual, and aesthetic emotion. Cognition and Emotion, 17(2), 297-314. https:doi.org10.108002699930302297
  • Piff, P. K., Dietze, P., Feinberg, M., Stancato, D. M., & Keltner, D. (2015). Awe, the small self, and prosocial behavior. Journal of Personality and Social Psychology, 108(6), 883-899. https:doi.org10.1037pspi0000018
  • Rudd, M., Vohs, K. D., & Aaker, J. (2012). Awe expands people’s perception of time, alters decision making, and enhances well-being. Psychological Science, 23(10), 1130-1136. https:doi.org10.11770956797612438731
  • Sagan, C. (1980). Cosmos. Random House.
  • Tyndale House Publishers. (2020). Biblia del diario vivir, versión Reina-Valera 1960 (2.a ed.). Tyndale.
  • van Elk, M., Arciniegas Gómez, M. A., van der Zwaag, W., van Schie, H. T., & Sauter, D. (2019). The neural correlates of the awe experience: Reduced default mode network activity during feelings of awe. Human Brain Mapping, 40(12), 3561-3574. https:doi.org10.1002hbm.24616

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