¿Y si Dios no creó el mal como siempre pensamos? Cuando miramos noticias de guerras, abuso o tragedias naturales, parece imposible reconciliar un Dios bueno con un mundo herido. Todos hemos mirado el mundo y pensado: si Dios es bueno, ¿por qué hay tanta violencia, dolor e injusticia? Parece una pregunta enorme, pero nace de algo muy humano: queremos que la vida tenga sentido. El mal nos hiere cuando toca nuestra familia, nuestra salud o nuestra esperanza. No es una idea abstracta; es real y cercana. Sin embargo, detrás de esa oscuridad hay una historia más grande de libertad, responsabilidad y propósito que cambia la forma en que entendemos a Dios, al sufrimiento y a nosotros.

¿Qué es el mal?

Imagina que estás en una habitación completamente iluminada y alguien apaga la luz. No “aparece” algo nuevo llamado oscuridad; simplemente falta la luz. Muchas personas creen que el mal es una cosa creada por Dios, como si fuera un objeto o una fuerza independiente. Sin embargo, la Biblia y la reflexión cristiana nos muestran algo diferente y más profundo.

El mal no es una sustancia ni un ser creado por Dios. Es, más bien, la ausencia, distorsión o corrupción del bien que Dios diseñó. Así como el frío es ausencia de calor y el silencio es ausencia de sonido, el mal es ausencia de lo bueno, justo y santo que proviene de Dios. Esto es muy importante porque protege una verdad central de nuestra fe: Dios es bueno, y todo lo que Él creó originalmente era bueno.

La delincuencia actual es una de las manifestaciones más serias de la maldad en el mundo.
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Cuando leemos Génesis, vemos que Dios contempló su creación y dijo que era buena en gran manera. No había enfermedad, violencia, muerte ni sufrimiento. El mundo funcionaba en armonía con el propósito divino. El mal apareció después, cuando criaturas libres rechazaron ese diseño perfecto. Por eso el mal no es parte del plan original de la creación, sino una desviación posterior.

También debemos entender que el mal es relacional y moral. No se trata solo de terremotos, huracanes o tragedias naturales. El mal se ve principalmente en el corazón humano: en la mentira, el odio, la crueldad, la injusticia y el abuso de poder. Cuando alguien humilla a otro, cuando se busca el daño del prójimo o cuando se destruye la dignidad humana, ahí vemos el rostro del mal.

Varios textos como no hablan de Dios “creando maldad moral”, sino de Dios trayendo adversidad o juicio dentro de su gobierno justo del mundo. Esto mantiene coherente la afirmación bíblica de que Dios es luz y en Él no hay tinieblas. Está escrito en Isaías 45:5-7

Yo soy Jehová, y ninguno más hay; no hay Dios fuera de mí. Yo te ceñiré, aunque tú no me conociste, para que se sepa desde el nacimiento del sol, y hasta donde se pone, que no hay más que yo; yo Jehová, y ninguno más que yo, que formo la luz y creo las tinieblas, que hago la paz y creo la adversidad. Yo Jehová soy el que hago todo esto.

Esto no significa que Dios crea maldad moral. La palabra bíblica se refiere a calamidades o juicios dentro de su gobierno justo del mundo. Dios puede permitir o enviar dificultades con un propósito, pero eso no lo convierte en autor del pecado ni de la maldad.

Los desastres naturales también son una expresión de la maldad en el mundo.
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Pensar el mal como privación nos ayuda a evitar dos errores. Primero, no imaginamos al mal como un poder igual a Dios. Segundo, no culpamos a Dios por las decisiones perversas de los seres humanos. El mal depende del bien para existir; sin Dios no habría ni bondad ni sentido moral.

Por eso, cuando hablamos del mal, no hablamos de algo que Dios fabricó, sino de algo que surgió cuando sus criaturas libres se apartaron de su amor, su orden y su propósito perfecto para la vida y para toda creación entera.

Libre albedrío y origen del mal

Si Dios hizo todo bueno, ¿de dónde vino el mal? La respuesta bíblica apunta al libre albedrío. Dios creó ángeles y seres humanos con capacidad real de elegir. No nos hizo robots; nos hizo personas capaces de amar y decidir.

Pero donde hay libertad, también existe la posibilidad de rechazar el bien. La Biblia muestra que la primera rebelión ocurrió en el cielo cuando un ángel se llenó de orgullo. El mal nació en el corazón de una criatura libre, no en la mente de Dios.

Luego esa rebelión llegó al Edén. Dios fue claro con Adán y Eva, pero ellos eligieron desobedecer. Como resultado, el pecado entró en el mundo. Romanos 5:12 afirma:

Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron.

Al ser humano se le dio la potestad de escoger hacer lo bueno o lo malo.
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Esto explica por qué existe sufrimiento: vivimos en un mundo afectado por la caída. No todo dolor es castigo personal, sino consecuencia de un cosmos herido por el pecado. Es crucial afirmar: Dios permitió la posibilidad del mal, pero no lo produjo. Permitir no es lo mismo que causar. Sin libertad no habría amor auténtico ni relación verdadera con Dios.

Por eso no podemos culpar a Dios por la violencia, la corrupción o la crueldad humana. Cada crimen nace del corazón humano, no de la voluntad santa de Dios. Además, la Biblia es enfática: Dios no tienta a nadie con el mal. Está escrito en Santiago 1:13.

Cuando alguno es tentado, no diga que es tentado de parte de Dios; porque Dios no puede ser tentado por el mal, ni él tienta a nadie;

Nuestra libertad es real, pero no absoluta. Vivimos bajo el gobierno de Dios y no podemos escapar de su justicia ni de las consecuencias de nuestras decisiones. Sin embargo, esa misma libertad que nos permitió caer también nos permite arrepentirnos y volver a Dios. La historia no termina en la caída; continúa con la redención.

En síntesis: el mal surgió cuando criaturas libres rechazaron el propósito divino. Dios no creó el mal, pero permitió su posibilidad para que el amor y la obediencia fueran verdaderos y no forzados. Esto nos invita a asumir responsabilidad por nuestras decisiones y, al mismo tiempo, confiar en que Dios sigue siendo santo, bueno y redentor.

Son las propias personas que escogen hacer lo malo. El mal no viene de Dios.
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Dios, sufrimiento y esperanza

Finalmente, abordemos la gran pregunta emocional: si Dios es bueno y poderoso, ¿por qué permite el mal y el sufrimiento? La respuesta bíblica no es fría ni teórica; es profundamente relacional y esperanzadora.

Primero, la Biblia afirma que Dios es absolutamente soberano sobre todo, incluido el mal. Nada ocurre fuera de su conocimiento o control. Sin embargo, soberanía no significa que Él cause todo lo que sucede. Dios gobierna el mal sin ser su autor. Él establece límites, lo contiene y lo dirige hacia un propósito mayor.

Segundo, Dios es capaz de sacar bien incluso de lo malo. El ejemplo más claro es la cruz de Jesús. El asesinato más injusto de la historia se convirtió en el acto supremo de salvación para la humanidad. Lo que parecía derrota fue en realidad victoria divina. Esto nos muestra que el mal no tiene la última palabra.

Tercero, Dios usa el sufrimiento para moldearnos. Las pruebas revelan lo que hay en nuestro corazón, nos humillan, nos purifican y nos acercan a Él. Como el fuego refina el oro, el dolor puede refinar nuestra fe y hacernos más semejantes a Cristo.

Cuarto, el sufrimiento permite que veamos atributos de Dios que de otro modo no conoceríamos plenamente: su misericordia hacia los caídos, su paciencia con los rebeldes y su poder para restaurar lo quebrantado. La historia de la redención brilla precisamente en un mundo herido.

También es importante recordar que no todo sufrimiento es castigo personal. A veces sufrimos por vivir en un mundo caído. La creación entera gime esperando liberación. Terremotos, enfermedades y tragedias son consecuencias de un cosmos afectado por el pecado, no señales de que Dios nos odia. Romanos 8:22-23 nos dice:

Porque sabemos que toda la creación gime a una, y a una está con dolores de parto hasta ahora;  y no solo ella, sino que también nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu, nosotros también gemimos dentro de nosotros mismos, esperando la adopción, la redención de nuestro cuerpo.

La maldad, la enfermedad y el sufrimiento son las consecuencias de un mundo caído en el pecado.
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Sin embargo, Dios no está distante ante nuestro dolor. En Jesús, Él mismo entró en el sufrimiento humano. Cristo conoció el rechazo, la traición y la muerte. Por eso puede consolar a quienes lloran y caminar con nosotros en la oscuridad.

Y lo más hermoso es que el sufrimiento no es el final de la historia. La Biblia promete un día en que Dios hará nuevas todas las cosas. No habrá más muerte, ni llanto, ni dolor. El mal será derrotado definitivamente.

Mientras tanto, Dios trabaja en medio de nuestras pruebas para nuestro bien. No siempre entendemos sus caminos, pero podemos confiar en su carácter. Él es fiel, justo y amoroso incluso cuando la vida duele.

En medio de este mundo caído podemos mantener nuestra esperanza en el Señor.
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Así, la fe cristiana no niega el mal, pero tampoco se rinde ante él. Afirma que Dios es más grande que el mal y que su plan redentor sigue en marcha.

Cuando confiamos en Dios en medio del dolor, nuestro testimonio se vuelve poderoso. Otros ven esperanza donde parecía no haberla. Y al final, cada lágrima será recompensada por la presencia amorosa de Dios, quien transformará nuestra historia quebrada en una canción eterna de redención, justicia, gozo y adoración. Entonces comprenderemos plenamente que nada se perdió fuera de su cuidado perfecto y su plan de amor para su pueblo.

Comentario Final

Al final, la pregunta por el mal no se resuelve con fórmulas, sino con confianza. El mundo sigue siendo frágil y muchas veces injusto, pero la fe cristiana afirma que Dios no observa desde lejos: Él entró en nuestro dolor y lo cargó sobre sí mismo.

En Jesús vemos que el Creador no huye del sufrimiento, sino que lo atraviesa para abrir un camino de vida. Esto no elimina nuestras lágrimas, pero les da sentido y esperanza. Cuando elegimos el bien, incluso en medio de la oscuridad, participamos del propósito divino de restaurar lo quebrado. Cada acto de justicia, perdón y compasión es una pequeña victoria sobre el mal. También aprendemos humildad, porque no comprendemos todos los porqués; aun así, podemos confiar en el carácter de Dios.

El mal no tiene la última palabra. La última palabra es redención, y esa promesa sostiene nuestra paciencia, transforma nuestro dolor y nos invita a vivir como gente de luz mientras esperamos el día en que toda herida será sanada. Hasta entonces caminamos juntos, sosteniéndonos unos a otros, sembrando bondad y recordando que la esperanza cristiana siempre florece donde parece imposible, porque el amor de Dios nunca falla ni abandona a nadie jamás.

Dios promete que cuando el regrese la Tierra será libre de la maldad y sufrimiento.
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Fuentes Bibliográficas

  • Ciocianu, M. (2024). ¿Creó Dios el mal? Una perspectiva bíblica sobre una pregunta difícil
  • Compellingtruth.org (2025). ¿Acaso Dios creó el mal?
  • Cordero, Y. (2019). Siendo Dios el Creador de todo ¿También creó el mal? ¿Quién creó el mal?
  • GotQuestions.com (2025). ¿Qué es el mal?
  • Gracia a Vosotros.org (2019). ¿Es Dios responsable del mal?
  • Tyndale Publisher. (2020). Biblia del Diario Vivir, versión Reina-Valera 1960 (2.ª ed.). Editorial Tyndale. Estados Unidos.

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