En las redes están apareciendo jóvenes que dicen no sentirse humanos, sino animales. No es solo una moda extraña: es una pregunta inquietante sobre identidad. ¿Qué ocurre cuando el cuerpo ya no basta para decir quién soy? ¿Desde cuándo el sentimiento tiene más autoridad que la realidad? ¿Puede una cultura redefinir lo humano sin perder algo esencial? Detrás del fenómeno therian late una crisis más profunda: la dificultad de aceptar límites, de recibir la identidad como don y no como proyecto infinito. Tal vez el problema no sea creer algo distinto, sino olvidar qué significa ser verdaderamente humano hoy aquí ahora mismo. Para esto, primero debemos saber, desde la antropología bíblica, ¿qué es el ser humano según Dios?

Antropología bíblica: ¿qué es el ser humano según Dios?

La antropología bíblica parte de una afirmación radical: el ser humano no se define a sí mismo, sino que es definido por Dios. Génesis no comienza preguntando cómo se siente el hombre, sino declarando cómo fue creado. Está escrito en Génesis 1:27

Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó.

“Varón y hembra los creó” no es una categoría cultural, sino ontológica: habla de naturaleza, no de percepción. El ser humano es presentado como una unidad indivisible de cuerpo, alma y espíritu; no como capas intercambiables, sino como una identidad integrada.

El hombre, varones y mujeres, fueron hechos a imagen de Dios.
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Desde esta perspectiva, el cuerpo no es un disfraz ni una carcasa neutral. Es parte esencial del “yo”. En la Biblia, nunca encontramos la idea de que el cuerpo pueda contradecir legítimamente a la identidad personal. Al contrario: el cuerpo revela y participa de la identidad.

El fenómeno therian introduce una ruptura profunda con esta visión. La identidad ya no se recibe, se reinterpreta; ya no se descubre, se declara. El cuerpo humano pasa a ser leído como un error, una limitación o incluso una prisión que no refleja el “verdadero yo”. Desde la antropología bíblica, esto no es una simple expresión cultural, sino un desplazamiento teológico: el criterio último de verdad deja de ser la creación y pasa a ser la experiencia interna.

La Escritura reconoce la complejidad de la experiencia humana —deseos, conflictos, luchas internas—, pero nunca concede a la experiencia la autoridad de redefinir la realidad. El pecado, precisamente, se manifiesta cuando el deseo pretende ocupar el lugar de la verdad. Por eso la Biblia no pregunta “¿qué sientes que eres?”, sino “¿quién te creó?” y “¿para qué fuiste creado?”.

Negar la antropología bíblica no es solo negar una doctrina, sino alterar toda la comprensión del ser humano: su dignidad, su límite y su propósito. Cuando la criatura se redefine a sí misma al margen del Creador, no se libera; se fragmenta. La identidad deja de ser un don estable y se convierte en un proyecto frágil, siempre provisional, siempre expuesto a la duda. Y aquí surge un conflicto entre la identidad sentida y autoridad interior.

Nuestra identidad debe buscar ser reflejo de la imagen de nuestro Creador.
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Conflicto entre la identidad sentida y autoridad interior

En la cultura contemporánea se ha instalado una idea poderosa: la identidad auténtica es la que nace del interior. Ser fiel a uno mismo se ha convertido en el valor supremo, y cualquier cuestionamiento a la identidad sentida suele interpretarse como negación, discriminación o violencia. Sin embargo, esta visión plantea una pregunta incómoda que rara vez se formula con honestidad: ¿qué convierte a una experiencia interior en una autoridad incuestionable?

Sentir algo intensamente no lo convierte automáticamente en verdadero. Todos los seres humanos experimentamos deseos contradictorios, impulsos cambiantes y percepciones internas que evolucionan con el tiempo. La psicología misma reconoce que el “yo” no es una entidad fija, sino un proceso en constante construcción. Si esto es así, ¿por qué asumir que una vivencia identitaria particular define de manera definitiva lo que una persona es?

Los «therians» son personas que se identifican con animales, prácticamente se creen animales.
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El fenómeno therian pone esta tensión en primer plano. No se trata solo de una afinidad simbólica con lo animal, sino de una afirmación ontológica: “esto que siento expresa lo que realmente soy”. El problema no es la experiencia en sí, sino el salto lógico que convierte la experiencia en identidad normativa. Cuando el sentimiento pasa de ser un dato subjetivo a convertirse en criterio absoluto, se elimina cualquier posibilidad de diálogo, evaluación o acompañamiento crítico.

Aquí surge una paradoja: una cultura que se presenta como racional y científica termina fundamentando la identidad en algo profundamente no verificable. Nadie puede acceder plenamente al mundo interior de otro, pero se espera que todos lo reconozcan como verdad incuestionable. La identidad deja de ser algo compartible y se vuelve un territorio cerrado, inaccesible al razonamiento común. Con esta nueva tendencia therian, muchos jóvenes cambian la imagen de Dios dada a los hombres por imágenes de animales. Mira lo que dice Romanos 1:22-23

Profesando ser sabios, se hicieron necios, y cambiaron la gloria del Dios incorruptible en semejanza de imagen de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos y de reptiles.

Pablo describe una deriva cultural donde la autosuficiencia humana reemplaza la trascendencia, y la identidad se redefine desde abajo. Al perder el fundamento de la creación, el ser humano no deja de buscar sentido, pero comienza a comprenderse en categorías no humanas, diluyendo su dignidad y singularidad.

Aunque el fenómeno therian ya tiene varios años, en forma reciente se ha vuelto tendencia.
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Esto genera una carga pesada para la persona. Si tu identidad depende exclusivamente de lo que sientes, entonces también queda a merced de cambios emocionales, crisis internas o presiones externas. Ya no hay un punto firme desde el cual interpretarte; todo depende de tu capacidad de sostener coherencia interior en un mundo inestable.

La alternativa no es negar la experiencia personal, sino reubicarla. Las culturas humanas, a lo largo de la historia, han entendido la identidad como algo que emerge del diálogo entre interioridad, cuerpo, comunidad y realidad objetiva. Cuando uno de estos elementos se absolutiza —en este caso, la vivencia interna—, la identidad se desequilibra.

La pregunta no es si alguien “siente” ser algo, sino si es sano convertir el sentimiento en juez último de la realidad. Esa es una cuestión profundamente humana, previa a cualquier religión, y decisiva para comprender qué tipo de personas y de sociedad estamos construyendo. Pues aquí emerge un conflicto entre la Creación y la autodefinición.

Conflicto entre Creación vs autodefinición

Uno de los supuestos más profundos de la modernidad es que el límite es enemigo de la libertad. Ser libre, se nos dice, es poder redefinirlo todo: cuerpo, identidad, naturaleza. La teología bíblica sostiene lo contrario: el límite no es una cárcel, sino un marco de sentido. La creación establece fronteras no para oprimir, sino para hacer posible la vida.

Muchos jóvenes tienen problemas de identidad, no saben quiénes son.
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Dios crea al ser humano como criatura, no como proyecto abierto infinito. Eso implica dependencia, pero también significado. La autodefinición absoluta no conduce a la plenitud, sino a la angustia. Cuando todo es modificable, nada es verdaderamente estable. La identidad deja de ser hogar y se convierte en experimento.

El relato bíblico del Edén muestra que el primer pecado no fue desobedecer una norma arbitraria, sino rechazar la condición de criatura. “Seréis como Dios” no significaba mayor moralidad, sino autonomía radical. Esa tentación sigue viva: redefinir el bien, la verdad y la identidad sin referencia al Creador.

En ocasiones las personas se autoperciben como independientes de Dios.
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El fenómeno therian puede leerse dentro de este marco: no como una excentricidad aislada, sino como una expresión coherente de una cultura que ya no acepta lo dado. El cuerpo humano, en lugar de ser reconocido como lenguaje de Dios, se interpreta como material editable. La naturaleza deja de ser revelación y pasa a ser obstáculo.

La teología cristiana afirma que la verdadera libertad no consiste en escapar de lo que somos, sino en reconciliarnos con ello bajo la gracia. La redención no nos transforma en otra especie; nos restaura como seres humanos conforme al designio original. Incluso la glorificación futura no elimina la humanidad, la perfecciona.

Cuando el ser humano intenta autodefinirse sin creación, pierde tanto a Dios como a sí mismo. Pero cuando reconoce el límite como don, descubre algo más profundo: no necesita inventar su identidad para tener valor. Ya fue querido, creado y llamado. Y eso, desde la fe cristiana, es el fundamento más sólido posible para la dignidad humana.

Comentario final

Este análisis no busca señalar personas ni ridiculizar experiencias, sino leer un signo de época. El fenómeno therian revela una inquietud profunda: el ser humano contemporáneo ya no sabe con claridad qué es, pero sigue buscando desesperadamente quién es. Cuando se pierde un marco trascendente, la identidad no desaparece; se fragmenta y se reconstruye con los materiales disponibles, incluso a costa de la propia humanidad.

La fe cristiana no responde a esta crisis con burla ni con miedo, sino con una afirmación radical de la dignidad humana: no somos accidentes, ni errores de forma, ni proyectos inacabados que deban reinventarse sin límite. Somos criaturas con sentido, cuerpo y propósito. El problema no es explorar símbolos o lenguajes, sino fundar la identidad en algo que no puede sostenerla.

En un mundo que invita a definirse sin referencias, el cristianismo propone algo contracultural: no inventarte, sino descubrirte. Y quizá ahí, más que una respuesta religiosa, haya una posibilidad real de descanso para el ser humano contemporáneo.

El humano es la única criatura del la Creación hecha a imagen de Dios.
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Fuentes Bibliográficas

  • Middleton, J. R. (2005). The liberating image: The imago Dei in Genesis 1. Brazos Press.
  • Smith, J. K. A. (2016). You are what you love: The spiritual power of habit. Brazos Press.
  • Taylor, C. (2007). A secular age. Belknap Press of Harvard University Press.
  • Tyndale Publisher (2020). Biblia del Diario Vivir, versión Reina Valera 1960. 2° Edición. Editorial Tyndale. Estados Unidos.
  • Wright, N. T. (2013). Paul and the faithfulness of God. Fortress

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